Través

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Un día me puse la mano sobre los ojos para no mirar a los que venían conmigo en el vagón de metro. Tres dedos bien prietos para no ver a través de ellos. Llevaba tres años en Madrid y cada día inventaba vidas sobre los viajeros con los que compartía línea. Formaba parte de mi “síndrome”, según el psiquiatra. “Tu síndrome te hará ver lo que no es real…..”. Imbécil.

No recuerdo todas las historias pero sí la primera. Se trataba de un tipo de mediana edad, bien vestido, de nariz chata y mirada triste, acomplejada. Coincidí varios días con él y siempre llevaba un pañuelo en la mano con el que limpiarse la lágrima perenne que le brotaba de cada uno de sus ojos. Con la otra mano agarraba el carro de cuadros escoceses medio vacío. Le llamaba Tomás.

Tomás tenía pena en el alma. Cogía la línea dos entre Cuatro Caminos y Quevedo porque allí había conocido a su mujer. Viudo, las dos alianzas en el mismo dedo le delataban. Allí, en el metro, decidieron casarse, quedarse en Madrid a pesar de haber recibido una oferta de trabajo en Ponferrada; decidieron el color del Citroën Cx Palas, el nombre de su única hija, Margarita,  y no separarse porque se amaban por encima de todo, a pesar de las dudas.

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De vez en cuando él negaba con la cabeza. Un movimiento casi imperceptible si estábamos en movimiento. Recordaba el momento de la boda, o el viaje a Cancún al todo incluido que les regaló su hija con el primer sueldo. Quizá aquella discusión sobre las horas dedicadas al trabajo, por encima de su responsabilidad, y que él excusaba por “necesidades de produción”. ….

-La Briega. Dígame

-Buenos días. Quería encargar bollos de cardamomo para el sábado

-Un momento… Sí, todavía quedan libres. ¿Cuántos quería?

-Querría dos, si es posible. Son los que llevo siempre. Uno lo congelo. No sé si es bueno hacerlo.

-No se preocupe. Yo a escondidas me como dos aquí y otro al día siguiente. Son un vicio.

-Sí lo son. La verdad es que están muy buenos. Le chiflaban.

-Claro que sí. Dígame su nombre

-Sí. Me llamo Tomás.

 

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Arrojo

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-Me puedes dar esa barrita

-¿La de la derecha?

-No, la otra, más al centro

Se busca panadero o panadera con don de gentes.

-¿Esta entonces?

-No, dos más allá.

Se valorará que sepa manejar programas de contabilidad y gestión de stock.

-Vale. Imagino que es esta de encima.

-Esa es…, pero está muy tostadita, ¿no?. La acrilamida he oído que es eso que se ve tostado.

-No es exacto pero dígame cómo le gusta de tostado el pan.

-Disculpe. Lo tuesto yo cada mañana y elijo el color que me apetezca.

Cualidades de los candidatos: arrojo, disponibilidad, empatía, paciencia, responsabilidad, que le guste el pan.

-Ya imagino que tuesta usted el pan, o no. La cuestión es si le gusta el pan cocido o casi crudo porque, si es este último caso, nosotros no facturamos tal producto.

-Disculpe, caballero. Yo vengo a comprar a la panadería y exijo el pan que quiero. Por eso le pido que busque una barrita blanquita por todos los lados. Imaginaba que con usted habría problemas de entendimiento. ¡Mira que lo imaginaba!

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Huelga decir que para la elección del candidato, o candidata, no influirán ni razones de edad, sexo, estado, tribu y mucho menos nacionalidad.

-¿Cómo dice?

-Pues a lo que me refiero es que los pelirrojos como usted hay que tratarlos con cuidado. Son irascibles y caprichosos, incapaces de tener empatía y de la más mínima generosidad. Malintencionados y puñeteros.

– Contésteme usted ahora, ¿desde hace cuánto tiempo se tiñe?

Por último, imprescindible la sinceridad y la verdad por delante. Y por detrás.

Lobo

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El mastín levantó el cuello y babeó mientras ladraba al lobo que venía directo a la alambrada acompañado de otros tres, dos hembras y un cachorro del que no pude distinguir el sexo. Aquello me lo conocía: rodearían la cerca, uno saltaría, dos acosarían al mastín y mientras, intercambiándose el puesto, los otros darían caza a un ternero. Pero aquel día…

Aquel día se tumbaron alrededor, como a unos treinta metros de la valla.  Salí de la caseta donde guardaba el apero y el depósito de gasoil,  donde me escondía cada vez, y me acerqué hasta apoyarme en el cable de acero. A la derecha Ulises se tumbó y se quedó mirando fíjamente a sus rivales. Los dos nos quedamos mirando. Pasó una hora. Me dio tiempo a apagar la bomba del pozo con la que llenaba el abrevadero,  a meter todos los terneros dentro de la nave y a cerrar el portón. Volví a apoyarme en el cable.

Recuerdo el olor, recuerdo cada minuto, recuerdo cada aullido, recuerdo cómo el macho más grande que jamás había visto se acercó hasta casi un metro de nosotros. Ulises se volvió loco,  ladraba sin consuelo, pero aquel animal no dejaba de mirarme. Se sentó de nuevo, arrastró la pata sobre el pasto varias veces y se volvió. Los demás de la camada se levantaron y le siguieron hacia Los Huertos, la finca del Romualdo repleta de robles,  chopos y zarceras. Nunca volvieron a la Salvadora, mi granja, y yo tardé pocos meses en abandonarla también.

Creo que estoy en paz y aquel lobo también. Yo dejé su terreno y él dejó un mensaje que adapté a mi estado de ánimo. Al menos de excusa me valió.

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-Las vacas las dejaste, me dices, así que ahora mueles harina.  ¿Es tuyo el grano?

-Sí. Tengo diez  hectáreas propias y unas cuarenta en renta. La mayoría es cereal, poco trigo y mucho centeno y espelta. Algo tengo de cebada. No uso pesticidas así que produzco poco pero controlo cada pago de tierra..

-¡Harina de pago, lo que me faltaba por oír!

-¿Perdona?

-Las bobadas que os inventáis para vender. Mira, yo quiero harina integral, de la que sea, para venderla cara. Ahora las tías quieren harina ecológica, que sea muy oscura y tal. Se lo vendo al triple y se quedan tan contentas.

-Pues entonces mi harina no te interesa.

-Claro que me interesa. Y a ti vendérmela. ¿O es que tienes muchos clientes? Dame precio. Del que me des te voy a dar la mitad. Como mucho. Que fui cocinero antes que fraile.

-Mírame a los ojos. Los ves bien. Mi harina no te interesa. Buenas tardes.

-Se ofendió. Dame precio para esta harina. Ha-ri-na–Lo-bo. Harina lobo. Venga. Te hago una oferta por toda la que mueles. Y no me hagas perder el tiempo que yo no te lo hago perder a ti.

-Por última vez. No le interesa mi harina ni a mí vendersela. Buenas tardes.

-Dame precio, lobezno. Jajajaja. Que te estás creyendo que me vas a comer una buena comisión y has mordido en hueso. Para eso hay que se lobo. Jajaja. ¡Ven aquí! ¿Dónde vas?

-Escucha bien lo que te voy a decir: si un lobo te viera no te perdonaría la mirada, ni la baba, ni ese olor a caballo entre el  Chanel y tabaco. A un lobo le durarías lo mismo que a mí.

-¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Voy a llamar a la policía, salvaje! ¡Que me sueltes! ¿De qué se ríen, fuera, muertos de hambre!

-¡Aúuuuuu! ¡Aúuuu!.

Tornasol

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Terminó la noche diciéndome que las lentejuelas tenían un efecto tornasol que no le gustaba nada. Y aún más. Me dijo que aquella manera de vestirme no iba nada con mi estilo, ni con el suyo, que parecíamos una pareja perdida en el programa de José Luis Moreno. Me ladeé, dirigí la mirada hacia su pantalón con un palmo menos de largura que mostraba sus calcetines de rayas, casi hasta el elástico, “aconjuntados” con  unos zapatos raídos por el uso con tres pespuntes rotos en el de la derecha. Él suspiró, de lado también.

Arriesgué aquel día, es cierto. La camiseta no era una despedida pero sí un ultimátum. “Fuck you, Macho”. Ni se fijó, sólo vio que era verde botella y que había dos filas de letras. Eso sí, mientras me decía lo de tornasol pasó su mano sobre las lentejuelas, en medio del comedor, primero hacia abajo y luego hacia arriba, casi golpeándome la barbilla, con esa displicencia que da el llevar media vida juntos sin temor a la respuesta.

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“Adios”, le dije. Pagué la mitad de la factura y de la propina. Me coloqué las lentejuelas con la palma de la mano y mirándo fíjamente sus preciosos ojos. “Pues adios”, dijo él.

-¿Quién va ahora?

-Voy yo. Buenos días. Quería un pan integral para mi marido. De centeno.

-Aquí lo tiene. Cinco con cincuenta, por favor.

-Qué bien te queda esa camiseta, bonita. No sé lo que dice pero es bonita.

-Dice, “Que te jodan, Macho”. Pero en inglés.

-¿Para señoras de setenta y cinco las hay?

-Si tiene mi talla, se la regalo, Juana.

-Podría ser un buen adiós. Jaja.

-Podría ser. Sin duda.

-¿A mi edad?

-A cualquier edad.

-No sé si podría. Me sigue mirando con esos ojos..

-Preciosos..

-Preciosos. Y me pongo boba, aunque a ratos..

-A ratos como unas castañuelas..

-Y a ratos tornasol, como las lentejuelas.

-Como las lentejuelas.

-Adiós, hija, adiós.

 

Tres más dos

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-No son cinco. Son tres más dos. ¿Entendido?

Lo recuerdo como si no hubieran pasado treinta años.

-Si no son tres más dos, no soy yo. ¿No se te olvidará?

Recuerdo los nervios mezcla de emoción por quedarme a cargo de mi hermano Iago, también porque me habían contado cada día que había quien iba a las casas y pretendía robar a los niños para llevarlos a otros países…

Allí estaba yo con ocho años, veinte kilos mal pesados y los ojos bien abiertos sentada en un banquete de la cocina, justo en el rincón, desde donde veía a mi hermano correr, pasillo arriba y abajo, con el tacatá. Del otro lado la puerta.

(Tac, tac, tac)….. (tac….tac). Así debía de ser el ruido del llamador con forma de pie de león. No había confusión aunque las ruedas del artefacto con el que se desplazaba el pequeño sonaran, parecido, al contacto con el rodapié.

-(Tac,tac,tac,tac,tac)….(tac….tac)  No es mamá, Iago. ¡No-es-mamá! ¡Shsss! Ven conmigo.

La habitación más alejada era la cocina. También era la más oscura, con vistas por la ventana del patio interior a la cocina de Manolita, de donde salía olor a potaje, a ajonjolí y música de Gardel, Imperio Argentina y, a ratos, Adamo.

-¡Manolita!¡Manolita!

-Dime cariño.

-Están llamando a la puerta y no es mi mamá. Tengo miedo a que vengan a por nosotros..

-No te preocupes. Voy a mirar. ¡No me llores, mi niña! ¡Estad tranquilos!

Lo siguiente que escuchamos fue el pestillo de su puerta y un sonido fuerte seguido de un grito. Un grito nada más. No nos movimos hasta que supe que algo no iba bien, la comida se estaba quemando y nadie iba a apagarla, nadie de aquella casa, de donde salían ruidos y no voces.

-Nena, ¿me abres tu puerta?

Me escondí al lado del frigorífico con mi hermano en brazos que no hizo más que chupar el tarro de azúcar con el que le mantuve callado.

-Nena, no tengas miedo, soy amigo de tu mamá.

-Nena…

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Nena, nena, nena, nena, nena, nena….

-¿Hola? ¿Os queda pan? (Tac,tac,tac,tac,tac)…(tac..tac) ¿Nena, estáis abiertos?

 

 

Gioco

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Convivo con frases que cada día, cada una de mis vidas, me sirvieron para atajar o desbordar situaciones incómodas, trágicas, incomprensibles, lúdicas. Practiqué la entonación tanto que cada una de ellas iba aparejada a un semblante. En el colegio me llamaban Gioco, por Gioconda. Mi profesor Armando, de plástica, me echaba casi cada semana de su clase. Me preguntaba por qué pintaba sirenos si no existían ni en el imaginario. Me reprendía porque escribía frases en los bordes del lienzo, las caras con un ojo o tres, los bustos desnudos y los animales con pendientes en las orejas. Yo le miraba a los ojos, sin pestañear, como un juego de niños. “No encontrarás marido”, me decía, y cada día le respondía: “ni mujer”.

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Mi madre, viuda por incomparecencia de esposo desde que tenía un año, me sacó del colegio a los catorce, sin un reproche. “La cultura no da educación, Sira”. La frase.

-Buenos días. ¿Qué deseaba?

-Pan. ¡Qué pregunta!

-Buenos días. ¿Qué deseaba?

-¡Otra vez, pan!

-Buenos días. ¿Qué deseaba?

-Si espera que le diga buenos días, espere sentada.

-¿Quién va ahora?

-Señorita. ¿Se está riendo de mí?

-Buenos días, ¿qué deseaba?

-¡Buenos días, qué deseaba. Buenos días, qué deseaba. Buenos días qué deseaba! ¡Dejar de ver su cara, ya que lo pregunta!

-Póngase a la cola, entonces. ¿Siguiente?

 

Expolio

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Me dijo la Guardia Civil que lo hicieron de noche, sobre las tres o las cuatro de la mañana. Al parecer, ayudados por herramienta bastante tosca y  de un cuatro por cuatro, lograron arrastrar unos metros el pívot para asegurar que no quedarían enfangados sin poder salir corriendo con su botín: una bomba IVECO, tres azadones Bellota, 150m de cobre. Allí dejaron medio caído el último tramo y las ruedas del tractor rajadas.

En mi cabeza hice números y decidí dejarlo. El que quiera allí tiene un montón de chatarra y una finca de doce obradas en barbecho forzado, arrasada por el glifosato que nos vendía Lomasanta. El majuelo de vino con las colmenas  se las vendí al Niceto; el tractor lo dejé para piezas en el taller de Pablito. El apero que compartía con mi primo Facundo se lo cedí, sin reclamar nada, a cambio de dar una vuelta a la casa de vez en cuando y retejar en caso de gotera. Saqué de la venta ocho mil euros aproximadamente. Calculo que me bebí unos tres mil y me metí por la tocha unos cinco mil.

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Al día siguiente, tras el robo, me vine a Madrid. Por algún motivo aparecí con un litro de cerveza en pleno abril frente al Museo de América. Bueno, era mi tercer litro, ya no lloraba, tan sólo sudaba e imaginaba la cara de los ladrones al rajar las ruedas.  Me recompuse como pude, aún pasarían meses sin orinarme encima, y encontré naves repletas de piezas resultado del expolio: figuras, urnas, vasijas, telas, enseres funerarios… Entonces, creo recordar,  sonreí y le dije al vigilante que al menos no les habían rajado las ruedas a los indígenas..

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-Tengo una hogaza de pan blanco a nombre de Azucena Gavriel, con uve, no con b.

-Aaaazuuuucena Gavriel. Aquí está.

-Esta harina es molida a la piedra, supongo

-Esta en concreto sí aunque no es grano completo, si es a lo que se refiere. La blanca también se muele a la piedra  pero se le retira el salvado.

-Es decir, la harinera les roba parte del grano tras la molienda.

-Si usted lo quiere ver así…

-Y ustedes nos roban los nutrientes a los clientes.

-No es exacto. Nosotros compramos esta harina con estas características para elaborar nuestro pan, un tipo de pan.

-Ya. Y ustedes luego argumentan que su precio es justo, que no engañan a nadie.

– Así es. No lo hacemos.

– Eso lo dirá usted.

-Así es, eso se lo digo yo.

– ¡Usted qué va a saber! Esta harina es producto del expolio del molinero.

-No entiendo a qué se refiere.

-Usted no sabe el significado de expoliar, me temo.

– Es exactamente lo que me está haciendo usted ahora mismo. Se ha dado la vuelta camino de la puerta sin pagarme la hogaza, tras haberme robado mi tiempo y mi paciencia. Hogaza de trigo blanco: tres con ochenta, por favor.

Bolsas

De eso se trataba, de conseguir que el paso del tiempo detuviera los días de vino y rosas. Me trajo una fotografía de él con veintidós años. Al menos éste no me trajo las fotos de la comunión o de la mayoría de edad.

Apenas un lunar bajo la nariz y media docena, calculo, de pestañas canosas. Tenía un polvo, desde luego. Pero ahora….

Le habló de mí mi hermano con quien comparte sala en el Tariq. Según me contó ya nadie le decía qué bien te conservas, ni les traes locos, ni tan siquiera le miraban a los ojos. Según me confesó, él creía que a lo que le miraban era a las bolsas de los ojos.

-¡Qué agudeza visual tienes, no, para calcular el ángulo de las miradas del de enfrente!

No le hizo gracia. Acordamos la intervención, me pagó por adelantado y justo antes de la fecha de su blefaroplastia, de la liposucción a plazos de Candela de Agosta, de la rinoplastia en B de Jaime de Cózar, …, así hasta ocho operaciones aquel quince de febrero, justo antes entré en pánico. Me queda un juicio con la Candela por haberle dado esperanzas estando en mis manos y no haber cumplido el contrato.

-Mi niño, tengo que denunciarte. Amor, con las clientas que te he traído…..

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Cirujano plástico, como mi padre, como creo que mi abuelo cuando remendaba miembros amputados

– ¿Pero qué haces aquí? No me lo quería creer pero es cierto.

-Ya ve Candela. Nos vamos a ver en pocos días dos veces.

-Amor, yo no quería pero me tuve que poner una Spanx talla S para la boda de mi ahijado porque nadie me daba garantías de estar recuperada de la lipo.

-¿Quieres bolsa para el integral?

-No pichón, traigo una.

-Yo te veo tres.

-¡Desalmado!

El candidato

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“Le llamamos porque  recursos humanos quiere ofrecerle la oportunidad de crecer con nosotros”. Es así como comenzó una entrañable relación de…, ¿tres horas?.

Hace cuatro meses la empresa “La Pampa Tech” me ofreció pertenecer a uno de sus equipos de dirección argumentando que, de lo que se desprendía de la información personal que había analizado el departamento de recursos humanos con la ayuda del algoritmo “Pompa”, -no es broma-, se deducía que en un 88,53% coincidía con el perfil que estaban buscando.

Llevaba ya acumulados cinco meses en el paro, a uno de perder la paga. Esto, junto al recuerdo de la última visita del casero, me empujaron a presentarme en sus oficinas, las de “la pompa de la Pampa”. (Este chiste no les hizo gracia, no).

El trabajo consistía en supervisar el trabajo de un grupo de ocho empleados dedicados a ensobrar cupones de fidelización. Sí, escuchad, “cupones de fidelización” de una compañía de decesos.

-A ver, que yo lo entienda. Ustedes buscan a alguien que revise cómo introducen cupones de descuento en sobres sus operarios. Saber si llegan a su destinatario en un plazo máximo de una semana, lo que viene a ser, sugún ustedes, lo que dura el duelo por el difunto.

-Así es, querido amigo.

-Y me dicen que este trabajo le parece el adecuado a su Pompita.

-Pompa.

-Pompa, sí.

-Los datos de que disponemos resaltan su alta eficacia y eficiencia en todo lo referente a trabajos manuales y artesanales. Nuestra empresa es  tradicional, familiar, en pleno desarrollo de nuevas estrategias de venta y fidelización.

-¿Dígame que esto no es una broma? ¿Díagame que esto no es un programa de cámara oculta?

-No lo es, se lo aseguro.

-Ajá. Pues lamento decirles que se han equivocado. No soy su candidato.

-Lamento decirle a usted que no tiene escapatoria. Es su trabajo y no obtendrá otro en esta ciudad. La implantación del algoritmo Pompa es de un 99% en el conjunto de empresas de la provincia.

-Es decir que queda un 1% de posibilidades, ¿no es así?.

-Así es.

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Cuatro insultos por mi parte, risas por la suya, indiferencia por parte de los ingenieros salvo por uno. En el ascensor que bajaba a la calle se acercó y me confesó:

-Si te sirve de algo, el once cuarenta y siete restante determinaba que serías un buen panadero.

-¿Panadero?

-Sí. Eso dice Pompa.

Y así es como hoy estoy aquí, trabajando en una panadería analógica, moldeando masa y ensobrando hogazas. Con pompas.

 

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“La construcción tiene algo romántico”, me digo mientras coloco ladrillo refractario en la panza del horno de esta panadería. Cuando pongo azulejos, o suelos, no es lo mismo, son fríos, son individuales, ninguno ayuda a otro a sostenerse, ninguno forma equipo. Pero los ladrillos…

Los ladrillos de barro macizos llevan aún la marca de la fábrica que les ha producido, como aquellos canteros del siglo trece que marcaban sus piezas para luego cobrarlas. Uno sobre otro, bien sujeta la plomada, los ladrillos forman hornos, paredes, techos, hornos.

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Con estos ocho dedos marcados por el trabajo, duros, ásperos, me he ganado esta “mierda de vida”, según mi profesor de último curso en la Grundskola. Nunca entendió por qué llevaba la gorra ladeada y yo tampoco quise explicárselo, lo que me valió un suspenso constante en su asignatura y la puerta abierta a la casa de oficios.

La gorra de lado la llevo y llevaba porque así, mietras repartía el pan en bicicleta por el barrio, el aire no doblaba la visera y me impedía ver. Sencillo, ¿verdad?. Si me lee, Viktor, que sepa que disfruto cada día que recuerdo su histeria ante mi silencio.

-¿Ahora una panadería?

-Ahora una panadería

-¿Pero no has visto a tu padre lo que ha trabajado?

-¿Y tú me has visto a mí, madre?

-Claro, por eso.

-¿Sabes cómo la voy a llamar?

-Sorpréndeme

-“Sida Bageri”, Panadería de lado.

-¡Si el señor Viktor lo viera! Podrías haber sido lo hubieras querido

-Por eso elegí este oficio.